Gianni Infantino tenía 18 años cuando ganó su primera elección: la presidencia de un club amateur en un pueblo suizo, prometiendo algo tan prosaico como que su madre lavaría los uniformes del equipo. Tres décadas después, el joven que comprendió temprano el valor de las “transacciones” se abraza políticamente con el hombre más divisivo del planeta: Donald Trump.
El presidente de la FIFA se presenta como árbitro neutral de un deporte que “une al mundo”, pero en Washington actúa como un socio estratégico del inquilino de la Casa Blanca. A lo largo de su mandato, Infantino ha estado presente en la firma de los Acuerdos de Abraham, ha tenido acercamientos con Vladimir Putin y ha cortejado a las monarquías del Golfo; pero con nadie ha cultivado una relación tan cercana como con Trump.
Esta proximidad ha tenido gestos de alto simbolismo. Durante una visita a la Casa Blanca, Trump sostuvo el trofeo de la Copa del Mundo –una pieza que suele exhibirse solo en actos oficiales con campeones o jefes de Estado– después de que Infantino se lo entregara en una reunión privada, una acción inusual que reforzó los lazos entre ambos.
En otra ocasión, el suizo le regaló al presidente tarjetas de amonestación amarilla y roja y lo invitó a “usarlas con la prensa”. Hace apenas unos meses, Trump abrió el sorteo del Mundial de Clubes 2025, mientras la FIFA instalaba una oficina en la Trump Tower de Nueva York. El vínculo político y personal llegó incluso al terreno de los reconocimientos.
Tras no obtener el Premio Nobel de la Paz –un revés que Trump mencionó repetidamente–, Infantino impulsó la creación del Premio de la Paz de la FIFA, diseñado para distinguir a figuras que “trabajan por la reconciliación y el fin de los conflictos”.
En círculos diplomáticos se da por hecho que el nombre del republicano será considerado para el galardón, especialmente después de que se supo que su presencia en cumbres internacionales, incluido el foro de Sharm el-Sheikh, ocurrió por invitación directa del presidente de la FIFA. Mientras el código ético de la FIFA exige neutralidad política, el mensaje que emana de esta relación es otro.
Dentro del organismo ha generado inquietud la cercanía con un mandatario señalado por políticas migratorias restrictivas, tensiones comerciales con aliados y un estilo confrontativo. Aun así, Infantino aparece con frecuencia en eventos oficiales en Washington y ha agradecido públicamente a Trump “todo lo que hace” por el desarrollo del fútbol en Estados Unidos.
El Mundial 2026, que compartirán Estados Unidos, México y Canadá, es el escenario donde se despliega con mayor claridad este entendimiento. La relación con los socios latinoamericanos se ha enfriado mientras Infantino multiplica sus visitas a Washington, participa en reuniones con agencias federales y ajusta decisiones clave, como permitir una mayor intervención del Gobierno estadounidense en seguridad y logística.
Al mismo tiempo, organizaciones de derechos humanos han solicitado garantías para aficionados, periodistas y activistas, ante políticas migratorias que podrían limitar el ingreso de visitantes. La estrategia también responde a una necesidad financiera. Para la FIFA, que solo obtiene ingresos significativos cada cuatro años, el Mundial 2026 será su mayor operación: boletos con precios dinámicos, amplias exenciones fiscales y proyecciones récord de recaudación.
Ese flujo alimenta las transferencias a las 211 federaciones miembro, pilar del poder interno de Infantino. En este contexto, la sintonía con Trump se mantiene activa. La FIFA ha involucrado a figuras cercanas al expresidente, como Ivanka Trump, en proyectos educativos; mientras que este ha reiterado su interés en asistir a la inauguración y a la final de 2026, con asientos ya “reservados”, según Infantino.
El vínculo entre Trump e Infantino se ha convertido en un factor decisivo en la organización del próximo Mundial: una alianza que combina afinidad personal, cálculo político y beneficio mutuo, y que perfila a ambos como protagonistas de la edición más grande –y más observada– en la historia de la FIFA.
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