Gabriela Cárdenas Mendoza
La paradoja del poder limitado que CLaudia Sheinbaum asume la presidencia en un momento donde la geografía es destino pero no tiene por qué ser condena. México enfrenta una ecuación brutal: es vecino de la potencia más poderosa del mundo, justo cuando esa potencia vira hacia un nacionalismo transaccional bajo Trump, mientras internamente arrastra déficits estructurales que ningún sexenio ha resuelto. La pregunta no es si habrá presión, sino cómo convertir esa presión en palanca.
El tablero con Trump: de la confrontación al ajedrez
El error más común ante Trump es tratarlo como adversario ideológico. Trump es transaccional, no ideológico. Su retórica migratoria es feroz, pero negocia. La estrategia mexicana debe construirse sobre tres pilares:
Primero, diversificación de la dependencia sin ilusiones. México no puede desacoplarse de Estados Unidos (el 80% de sus exportaciones van al norte), pero sí puede crear márgenes de maniobra. Esto implica profundizar el nearshoring con inversión asiática y europea, no para sustituir a EE.UU., sino para que Washington entienda que el costo de estrangular a México también lo paga Estados Unidos. Cada planta de semiconductores taiwanesa o alemana en Querétaro es un seguro geopolítico.
Segundo, seguridad como moneda de cambio, no como concesión. Trump presionará sobre fentanilo y migración. Sheinbaum debe reencuadrar el problema: México no “ayuda” a Estados Unidos, sino que protege intereses compartidos. Esto requiere resultados tangibles —reducción de flujos migratorios irregulares, golpes al crimen organizado con apoyo de inteligencia estadounidense— pero condicionados a reciprocidad: inversión en desarrollo del sur de México, regularización de mexicanos en EE.UU., fin a las deportaciones masivas que desestabilizan ciudades fronterizas. La narrativa debe ser: somos socios en seguridad, no subordinados.
Tercero, institucionalizar canales de diálogo por encima de las personas. Trump es impredecible, pero su gabinete y el Congreso estadounidense tienen intereses económicos claros. México debe tejer redes con gobernadores republicanos de estados fronterizos, cámaras de comercio, y el Pentágono (preocupado por China). Cuando Trump amenace con aranceles, que sean los CEOs de Texas y Arizona quienes llamen a la Casa Blanca.
El frente interno: reformar sin fracturar
Pero la verdadera vulnerabilidad de México no está en Washington, sino en calles violentas de cualquier estado “controlado” por el crimen, en las fosas clandestinas de Guerrero, en los hospitales sin medicinas.
Ninguna estrategia externa sobrevive al colapso interno. Sheinbaum hereda un país con violencia endémica, pobreza estructural, un sistema educativo mediocre y dependencia energética mal resuelta. Su margen de error es mínimo.
La seguridad debe abordarse sin falsas dicotomías. “Abrazos no balazos” fracasó porque confundió causas (pobreza, impunidad) con síntomas (violencia). Sheinbaum necesita una estrategia híbrida: fortalecer policías estatales con inteligencia y coordinación real (no solo discursiva), mientras ataca las finanzas criminales. Esto implica confrontar la captura institucional —alcaldes, jueces, policías cooptados— sin caer en la militarización permanente que desgasta democracias. El modelo debe parecerse más al de Colombia post-Uribe: profesionalización policial, pactos territoriales con comunidades, y justicia que funcione.
En economía, el nearshoring es una ventana de oportunidad que se cierra rápido. Pero México compite con Vietnam e India, países que ofrecen infraestructura superior y menos violencia. La agenda debe ser pragmática: invertir en puertos, ferrocarriles, energía limpia (crucial para empresas que exigen ESG), y desburocratizar trámites. Sheinbaum tiene formación científica; puede impulsar una política industrial inteligente que no repita el error de apostar todo al petróleo. La transición energética no es idealismo verde, es realismo económico: el mundo exige bajas emisiones, México puede producirlas y atraer inversión por ello.
Finalmente, cohesión social. México está polarizado, no al nivel de EE.UU., pero la fractura crece. Sheinbaum debe evitar la tentación del “nosotros contra ellos” que marcó el sexenio anterior. Un país dividido es un país débil ante presiones externas. Esto implica un tono distinto: reconocer errores, gobernar para todos (incluyendo clases medias urbanas que no votaron por ella), y fortalecer instituciones autónomas que están bajo asedio (INE, Poder Judicial, medios independientes). La paradoja es que para resistir a Trump, México necesita democracia robusta, no caudillismo.
El arte de lo posible
Sheinbaum no puede resolver en un sexenio lo que seis décadas no lograron. Pero puede establecer un rumbo. La clave está en entender que la geopolítica no es solo lo que pasa entre naciones, sino la capacidad interna de un país para negociar con dignidad. México tiene activos: una economía grande, una sociedad civil vibrante, una diáspora influyente en EE.UU., y una posición geográfica que, bien jugada, es ventaja estratégica.
Frente a Trump, la estrategia no es la confrontación verbal ni la sumisión, sino el pragmatismo calculado: negociar desde la fortaleza que da tener alternativas, aunque sean incipientes. Frente a los problemas internos, la estrategia es ejecutar con resultados visibles en dos años (2026), para generar credibilidad y capital político que permita reformas más profundas.
En suma: contener a Trump se logra siendo un México más fuerte, no más aislado. Y ser más fuerte implica seguridad, crecimiento y cohesión. No es imposible. Pero requiere abandonar la autocomplacencia y el voluntarismo por una estrategia que entienda que en geopolítica, como en el ajedrez, no se gana por inspiración sino por estrategia.
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