Oppenheimer construye su columna en el diario Reforma con su fórmula habitual y efectiva: inicia de una noticia coyuntural —las proyecciones del Banco Mundial que anticipan un crecimiento menor al esperado para América Latina en 2026 y 2027, afectado por factores como la guerra entre Estados Unidos e Irán—, para decir que eso no es lo más preocupante. Que hay algo peor.
Y entonces clava el argumento central: América Latina atrae solo el 1.1 por ciento de la inversión mundial en inteligencia artificial, a pesar de representar casi el 7 por ciento de la economía global.
El segundo pilar del diagnóstico es la educación: los estudiantes latinoamericanos están cinco años por detrás de los países de la OCDE en las pruebas PISA, con una escasa graduación de profesionales STEM (Science, Technology, Engineering, Mathematics)como obstáculo estructural difícil de superar.
Y el tercer elemento es estructural y cultural: la falta de una cultura familiar enfocada en la educación como uno de los problemas de fondo.
Lo que Oppenheimer hace bien, y que lo distingue del columnista promedio, es que no se queda en el lamento. Propone soluciones concretas y destaca la importancia de fomentar una cultura familiar de obsesión por el aprendizaje.
Hasta aquí el diagnóstico es sólido, basado en datos verificables y con una lógica narrativa que va de lo urgente a lo estructural. Pero hay varias capas que el artículo toca apenas o no toca en absoluto — y que son donde vive el análisis más interesante.
La tesis central de Oppenheimer es correcta y políticamente incómoda: América Latina tiene una obsesión con el crecimiento del PIB trimestral y una ceguera estructural sobre los factores que determinan la competitividad de largo plazo.
La brecha de inversión en IA que documenta es, en términos técnicos, una trampa del atraso compuesto. No es solo que la región invierte poco, es que cuanto menos invierte hoy, más caro le resultará ponerse al día mañana, porque los modelos de IA se entrenan con datos, y los datos se acumulan con el tiempo y el uso. América Latina no solo está perdiendo terreno en infraestructura tecnológica. Está perdiendo la materia prima, los datos generados por sus propias economías y ciudadanos, que alimentará los sistemas que otros países construyen.
El mayor problema es que más del 95% de las empresas de la región son pequeñas y medianas, que carecen del dinero o del personal calificado para adoptar la IA. Construir centros de datos es importante, pero el principal obstáculo no es la infraestructura, sino la capacidad de las empresas para adoptar nuevas tecnologías.
Ese dato es devastador porque contradice el discurso político predominante en la región. Varios presidentes la-tinoamericanos — incluyendo a México — han anunciado “estrategias nacionales de IA” con gran ostentación comunicacional. Pero una estrategia nacional de IA que no resuelve el problema de las PyMES y la formación de talento STEM es, esencialmente, un documento PDF con buenas intenciones.
Primera capa omitida: la trampa del extractivismo digital
Luis Von Ahn, el multimillonario guatemalteco fundador de Duolingo y Captcha, señala que no conoce ningún LLM (siglas en inglés de Large Language Model, o Gran Modelo de Lenguaje) entrenado en América Latina. “Todo está siendo hecho en Estados Unidos y China, y un poco en Europa”.
Lo que Von Ahn describe sin nombrarlo explícitamente es una nueva forma de extractivismo: así como el siglo XX fue el siglo en que América Latina exportó materias primas y compró manufacturas, el siglo XXI amenaza con ser el siglo en que la región exporta datos — a través del uso de plataformas digitales — y compra inteligencia artificial procesada. El valor agregado, como siempre, queda fuera.
Oppenheimer lo insinúa pero no lo dice con toda su crudeza: América Latina no solo está atrasada en IA. Está en camino de convertirse en colonia digital de las potencias tecnológicas, exactamente con la misma lógica que fue colonia material de las potencias industriales.
Segunda capa omitida: el problema no es solo inversión, es gobernanza
La columna apunta al déficit de inversión como la causa principal. Pero la evidencia comparada sugiere que el problema es más complejo. Brasil, el país con mayor inversión en IA de la región, no tiene resultados educativos significativamente mejores que sus vecinos. Corea del Sur pasó de ser un país en vías de desarrollo a potencia tecnológica en tres décadas — no solo por invertir en tecnología, sino por una reforma educativa radical que priorizó matemáticas, ciencias y formación técnica de alta calidad desde la educación básica.
En América Latina, antes de la pandemia más de la mitad de los estudiantes de diez años no eran capaces de leer y comprender un texto simple. En secundaria, tres de cada cuatro jóvenes de 15 años se encuentran por debajo del nivel básico de competencia en matemáticas. Banco Mundial
Un país que no puede garantizar comprensión lectora básica a sus niños de diez años no tiene problema de inversión en IA. Tiene una crisis civilizatoria de primer orden que ningún centro de datos va a resolver.
Tercera capa omitida: la variable política
Oppenheimer, con su habitual pragmatismo liberal, identifica el problema pero evita nombrar uno de sus factores determi-nantes: la captura político-sindical de los sistemas educativos latinoamericanos.
En México, la reforma educativa de 2013 que intentó evaluar a los maestros fue revertida en 2019 bajo el gobierno de López Obrador por presión del SNTE y la CNTE.
En Argentina, el presupuesto educativo ha sido sistemáti-camente drenado por disputas salariales que priorizan la masa docente sobre la calidad de la enseñanza.
En varios países de la región, “invertir en educación” se ha convertido en sinónimo de “pagar más salarios a los maestros sin exigirles resultados”.
La omisión de este factor en la columna de Oppenheimer no es casual, es parte de su estilo de diagnóstico técnico que evita la confrontación política directa. Pero es un vacío analítico relevante.
Para DIMX y sus lectores, el análisis de Oppenheimer tiene implicaciones concretas y urgentes para México que merecen desagregarse del diagnóstico regional.
México representa aproximadamente el 25% del PIB de América Latina. Si la región en conjunto atrae el 1.1% de la inversión mundial en IA, México, dada su dependencia estructural del T-MEC y su vecindad con la primera economía tecnológica del mundo, tiene una vulnerabilidad específica que los demás países no comparten en la misma medida.
El T-MEC tiene capítulos de economía digital que esta-blecen compromisos de libre flujo de datos y prohibiciones de requisitos de localización de datos. En términos prácticos: los datos que generan los mexicanos al usar plataformas digitales fluyen libremente hacia servidores en Estados Unidos, donde se convierten en materia prima para modelos de IA que México no controla ni recibe en valor.
Al mismo tiempo, algunos países latinoamericanos están invirtiendo en call centers y empresas de atención al cliente, que son industrias condenadas a ser reemplazadas por la IA. “Es una enorme pérdida de tiempo”, señala Von Ahn.
México es uno de los países con mayor concentración de centros de atención al cliente en la región, un sector que emplea a cientos de miles de trabajadores que están directa-mente en la línea de fuego de la automatización.
La ironia es brutal: México podría perder empleos masivos por la IA al mismo tiempo que no tiene la infraestructura ni el talento para crear los empleos que la IA genera.
El artículo de Oppenheimer plantea un desafío de primer orden para los gobiernos latinoamericanos: cómo gestionar la narrativa de un atraso estructural que es real, medible y vergonzoso, en un contexto donde la comunicación política tiende hacia el triunfalismo.
La respuesta habitual de los gobiernos de la región — y México no es la excepción — es la de los “grandes anuncios sin grandes resultados”: estrategias nacionales de IA presentadas con ceremonias en Palacio Nacional, centros de innovación con nombres rimbombantes, convenios con empresas tecnológicas globales que no se traducen en capacidades domésticas reales.
Ese modelo de comunicación tiene un costo reputacional diferido pero severo. Cuando los datos dePISA, inversión en I+D, graduados STEM, contradicen sistemáticamente los anuncios, la credibilidad institucional se erosiona. La ciudadanía no necesita leer a Oppenheimer para saber que algo no cuadra: lo siente cuando sus hijos no consiguen empleo calificado o cuando las empresas contratan ingenieros en la India o Estonia en lugar de Monterrey o Guadalajara.
La comunicación honesta de esta crisis, reconocer el diagnóstico, plantear metas medibles, rendir cuentas sobre resultados, es más costosa políticamente en el corto plazo, pero es la única que construye reputación institucional sostenible.
La columna es válida, bien documentada y políticamente valiente en el contexto latinoamericano, donde señalar el atraso estructural de la región suele recibir la acusación refleja de “vendido al imperialismo” o “neoliberal”. Oppenheimer asume ese riesgo con consistencia desde hace décadas y eso le da autoridad.
Pero el análisis tiene tres limitaciones que un consultor senior en comunicación pública debe señalar:
La primera es que diagnostica sin jerarquizar. No todas las causas del atraso tienen el mismo peso ni el mismo tiempo de resolución. La brecha en STEM tarda una generación en cerrarse. La adopción de IA por PyMES puede acelerarse en cinco años con política pública correcta. Confundir horizontes temporales produce parálisis.
La segunda es que el análisis carece de diferenciación intra-regional. No es lo mismo Chile, con mejor desempeño relativo en PISA y mayor estabilidad macroeconómica que Venezuela o Bolivia.
Hablar de “América Latina” como bloque homogéneo diluye la urgencia para los países más rezagados y desestimula a los que están haciendo algo bien.
La tercera, y más importante, es que Oppenheimer no nombra el obstáculo político de fondo: mientras los sistemas educativos de la región sigan siendo rehenes de sindicatos y clientelismo electoral, ningún plan de IA tiene base sobre qué construirse. La tecnología más avanzada no puede compensar a un estudiante de quince años que no sabe leer.
Y esa última verdad es la que ningún político latino-americano quiere escuchar precisamente porque en ella vive la solución.
Análisis elaborado el 13 de abril de 2026, el mismo día de publicación de la columna de Oppenheimer en Reforma.
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