No es común que un jefe de Estado, en el acto de presentación del libro de otro jefe de Estado, decida usar el micrófono para una confesión en espejo. Pero Gustavo Petro no es un político común. Y la imagen —captada por EFE— de Petro en el estrado de la Feria Internacional del Libro de Bogotá (FILBo), flanqueado por la subsecretaria mexicana Raquel Serur, con el volumen Diario de una transición histórica de Claudia Sheinbaum sobre la mesa, condensa uno de esos momentos en los que la política y la literatura se rozan para revelar más de lo que sus protagonistas tal vez pretendían.

«El poder es una droga, transforma a la persona y quizá a mí mismo. Por eso el paso debe ser rápido; si no, una persona se degrada y eso lleva al crimen, al genocidio y hacia el autoritarismo sobre el pueblo» .

La frase, recogida por EL PAÍS en su cobertura del evento del 29 de abril de 2026, desató una onda expansiva que superó con creces el ámbito literario para instalarse en el terreno del análisis político más punzante.

La literatura como testimonio: el género de la memoria oficial

Antes de abordar la intervención de Petro, conviene detenerse brevemente en el objeto de la celebración: Diario de una transición histórica . El libro, publicado por Planeta en 2025, documenta el periodo de transición entre el final del gobierno de Andrés Manuel López Obrador y el inicio del mandato de Sheinbaum, la primera presidenta de México.

El género elegido —el «diario»— no es neutral. Sheinbaum no escribe un ensayo político ni una autobiografía retrospectiva. Opta por la inmediatez del registro cronológico, una forma que sugiere intimidad y transparencia, pero que también —y esto es políticamente relevante— construye una narrativa de continuidad ordenada y legítima. «Él es el origen. Nosotros, la continuidad», escribe Sheinbaum refiriéndose a López Obrador .

El diario, en este contexto, se convierte en un documento de fundación dinástica dentro del morenismo. No hay ruptura, no hay trauma sucesorio. Hay un relevo generacional narrado desde la serenidad de quien ya ganó. El libro, entonces, es tanto un testimonio personal como una pieza de legitimación política: la prueba escrita de que el cambio fue posible sin fracturas.

El discurso de Petro: la autocrítica como dardo y como espejo

Y es en ese contexto de celebración y legitimación donde Petro introduce su nota discordante. O, más bien, su nota autobiográfica.

El presidente colombiano no se limita a elogiar el volumen. Construye, a partir de él, una reflexión sobre el progresismo de «segunda ola» que él y Sheinbaum representarían, en contraste con la izquierda clásica latinoamericana . Y ahí lanza su diagnóstico: la tentación de perpetuarse en el poder es el pecado original del poder mismo. «El poder es una droga, transforma a la persona y quizá a mí mismo» .

El «quizá a mí mismo» es la frase más importante de toda la intervención. Petro se incluye en la advertencia. No habla desde una atalaya de superioridad moral; habla desde la conciencia —o la sospecha— de su propia vulnerabilidad frente a la sustancia tóxica del mando. Es una declaración de humildad preventiva que, sin embargo, lanza un dardo inevitable hacia otros líderes de la región que no han sabido —o no han querido— retirarse a tiempo.

Aunque Petro evita mencionar nombres, la lectura geopolítica es inmediata. Las referencias al «crimen», al «genocidio» y al «autoritarismo» que siguen a la degradación por el poder resuenan con demasiada fuerza al sur del Darién . El mensaje, como señaló la prensa venezolana, «sonó como indirecta al chavismo» . Pero no solo. También es una reivindicación implícita de la regla de no reelección consagrada en la Constitución colombiana, una regla que Petro, paradójicamente, ha intentado modificar.

La ironía del heredero que se declara antiperpetuación

El análisis político alcanza aquí su punto más fino y, también, más incómodo. Petro afirma: «Había que dejar un mensaje de que las transformaciones se pueden hacer sin que la figura más determinante permanezca en el poder» . Y subraya —en lo que parece una concesión a la lógica del evento— que siguió en esto la estela de López Obrador, quien también se retiró.

Sin embargo, el dato que EL PAÍS no deja pasar es que Petro, como hizo López Obrador, busca la reedición de su proyecto político en cuerpo ajeno . El mandatario colombiano respalda abiertamente al senador Iván Cepeda como su sucesor, de la misma manera que AMLO impulsó a Sheinbaum.

He ahí la contradicción performática del discurso de Petro: dice «contra la perpetuación» mientras orquesta una perpetuación ideológica con rostro renovado. Su advertencia sobre los peligros de aferrarse al cargo convive con su afán de asegurar que su proyecto sobreviva a su propio paso por el poder. La diferencia entre una «transición histórica» ordenada y una «sucesión pactada» es, a veces, solo cuestión de la narrativa que se elija para contarla.

Latinoamérica como faro: el sueño de una región sin eternos

Más allá del análisis de la frase concreta, la intervención de Petro en la FILBo es un intento de fundar una nueva épica regional. «Hoy Latinoamérica le habla al mundo», afirmó, y puede convertirse en un referente frente al cambio climático y al auge de corrientes autoritarias .

El paralelismo entre su gobierno y el de Sheinbaum en materia ambiental —»hay que alejarse del petróleo, aunque nos digan que es una locura» — refuerza la idea de que ambos mandatarios se perciben a sí mismos como la avanzada de un nuevo ciclo progresista, más maduro, más consciente de los límites del poder y más comprometido con la preservación del planeta que con las trincheras ideológicas del siglo XX.

Pero la sombra de la «droga» que él mismo invocó recorre todo este discurso. Un líder puede predicar la temporalidad y, al mismo tiempo, actuar para asegurar que su tiempo se prolongue en el tiempo de otro. La crítica literaria nos enseña que los narradores no siempre son fiables. La política, también.

Conclusión: el valor de una incomodidad necesaria

El artículo de EL PAÍS no es una crónica complaciente. Registra las declaraciones de Petro, pero las sitúa en un contexto que las vuelve incómodas: el de un mandatario que, desde el atril, elogia la alternancia mientras trabaja activamente por la continuidad de su movimiento.

Y sin embargo, hay algo valioso en la incomodidad que Petro introduce. Su advertencia sobre la toxicidad del poder, aunque dirigida implícitamente hacia otros, tiene el mérito de enunciar un tabú. En una región marcada por el caudillismo, la reelección indefinida y la confusión entre el proyecto colectivo y la ambición personal, escuchar a un presidente en ejercicio decir que el poder «degrada» y que puede «llevar al crimen y al genocidio» es, al menos, un ejercicio de honestidad brutal.

Sheinbaum escribió un diario para documentar una transición ordenada. Petro, al presentarlo, escribió otra cosa: una nota al margen incómoda sobre los peligros que acechan a cualquier transición, por ordenada que parezca desde la distancia de la escritura.

Tal vez, como sugiere Petro, el poder sea una droga. Pero, como toda droga, su efecto no lo experimenta quien la consume, sino quienes la sufren. El libro de Sheinbaum es el relato de una sucesión lograda. La intervención de Petro es el recordatorio de que ninguna sucesión está a salvo de la tentación de durar demasiado, ni siquiera la propia.

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