La infancia actual está creciendo en un entorno marcado por pantallas, algoritmos e inteligencia artificial. En muchas casas, escenas que hace unos años parecían lejanas ahora son parte de la rutina: un niño pequeño que sabe abrir una aplicación antes de aprender a amarrarse las agujetas, una niña que consulta a un asistente virtual lo que antes preguntaba en casa o un bebé que se inquieta cuando le retiran una pantalla. Más que una anécdota, se trata de una realidad que ya plantea nuevos desafíos para madres y padres.


Frente a este escenario, la discusión no debería centrarse solo en cómo alejar a niñas y niños de la tecnología, sino en cómo acompañarlos mientras crecen con ella. El cambio ha sido acelerado, a madres y padres les ha tocado aprender sobre la marcha, muchas veces sin referentes claros para criar entre redes sociales, asistentes virtuales y herramientas de inteligencia artificial.


En ese contexto, no se trata de exigir que madres y padres dominen cada avance tecnológico. El punto de fondo sigue siendo otro: estar presentes. Observar, escuchar, preguntar e interesarse por lo que niñas y niños ven, consumen y entienden en el entorno digital sigue siendo una de las herramientas más importantes de acompañamiento.


La inteligencia artificial puede facilitar tareas escolares, responder preguntas en segundos y ofrecer apoyo en actividades cotidianas. Sin embargo, hay ámbitos en los que no sustituye el papel de las personas adultas: detectar que una niña o un niño está triste, contener después de un día difícil, establecer límites con afecto o enseñar con el ejemplo. La dimensión emocional de la crianza sigue dependiendo del vínculo humano.


En paralelo, conviene no perder de vista la importancia de los espacios sin pantallas. El juego libre, el tiempo al aire libre, las conversaciones sin interrupciones, los libros y la convivencia familiar siguen siendo fundamentales para el desarrollo de la imaginación, la paciencia, la seguridad y el vínculo afectivo de niñas y niños.


El desafío, entonces, no es entrar en una confrontación permanente con la tecnología, sino aprender a usarla con criterio. Explorar nuevas herramientas también puede abrir oportunidades para convivir, aprender en conjunto y enseñar a distinguir entre información útil, contenido falso y riesgos reales. En una época de sobreabundancia informativa, formar criterio es tan importante como tener acceso.


En ese sentido, criar hoy exige una condición tan simple de nombrar como compleja de sostener: presencia. Estar ahí, no desde la perfección ni desde la certeza absoluta, sino desde la disponibilidad cotidiana.


Las pantallas pueden entretener, enseñar e incluso responder preguntas. Pero la guía, el afecto y la seguridad emocional siguen construyéndose en casa, en la relación cotidiana entre niñas, niños y las personas adultas que les acompañan.


Y tengamos siempre algo presente: pase lo que pase, nunca, jamás, soltemos su mano.

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