Pateo una premisa y la dejo botando sobre el césped de la cancha: El futbol es actualmente el deporte más popular en el mundo; añado que también es el que cuenta con el mayor poder mediático y el que más dinero genera en el planeta, para beneplácito de la insaciable Federación Internacional de Futbol Asociado (FIFA), fundada en 1904 en París, Francia. Tome usted nota; no son afirmaciones menores.
Más allá de la rima asonante entre futbol y religión –recuérdese que en México la palabra “futbol” se pronuncia como palabra aguda, sin tilde, no como en Sudamérica o España, “fútbol”, donde es palabra grave–, existen entre ambos conceptos muchos rasgos comunes que ya son materia de estudio para sociológos, comunicólogos, semiólogos, historiadores, mercadólogos y politólogos. Algunos de ellos concluyen que luego de su creación y reglamentación, allá en las postrimerías del siglo XIX en Inglaterra, hoy el futbol –¿un deporte-espectáculo o un espectáculo-deportivo?, se preguntaba el gran futbolista, árbitro, entrenador, cronista y analistita mexicano, don Fernando Marcos– es una suerte de religión cuyos profesantes suman una buena parte de los poco más de 8 mil millones de personas que habitamos este planeta. Tal afirmación se sustenta en la evidencia científica de que en el futbol concurren los elementos básicos de toda religión, como los siguientes:
NORMAS: Como un espejo frente a las Sagradas Escrituras y sus mandamientos de conducta para la feligresía de cualquier religión, el futbol también exhibe sus preceptos en un Reglamento de Juego-FIFA que incluye exactamente 17 mandamientos –perdón, reglas fundamentales– que establecen la normativa del juego, y cuya transgresión será objeto de toda suerte de penitencias y sanciones: desde la amonestación verbal o mediante tarjeta amarilla, hasta la vergonzante expulsión del paraíso verde del futbol.
TEMPLOS: Son las edificaciones de culto y práctica del futbol, donde la lista de estadios crece año con año. Incluso algunos son bautizados como “la Meca del futbol” o “catedrales del balompié”, como el tres veces mundialista Estadio Azteca, en la Ciudad de México, el de Wembley, en Londres, el Maracaná, en Río de Janeiro, el Santiago Bernabéu, en Madrid, o “La Bombonera”, en Buenos Aires. Son sedes de culto y destinos obligados para fervientes peregrinaciones futboleras.
LITURGIA: Entendida como el conjunto de rituales y ceremonias de una religión, el futbol incluye en nuestros días numeroso ritos en derredor y dentro del propio juego: desde las conferencias de prensa previas al cotejo, donde se suelen calentar los ánimos y despertar las pasiones entre los equipos y sus respectivas aficiones, pasando por el arribo de las escuadras al estadio el día del encuentro, siempre acompañadas por los cánticos de sus fieles seguidores, hasta los ceremoniales privados del vestuario y las sabias palabras del director técnico, sin olvidar los rezos y las exóticas cábalas o supersticiones futboleras al entrar al terreno de juego que, aseguran, les darán la victoria, amén de los más pintorescos y emotivos ritos de celebración por el gol anotado y el desborde emocional por el bendito triunfo que los llevará a la gloria de todas las glorias.
DOGMAS: Toda religión estructura sus creencias con base en dogmas, definidos como aquellas verdades absolutas, atemporales e innegables, y el futbol no es la excepción: “Portero sin suerte no es portero”, “La pelota siempre se mete en el arco más cercano”, “El futbol no es de merecimientos, es de goles”, “El que perdona, pierde”, “Hay expulsiones que arreglan alineaciones”, “Pasa la pelota, pero no el jugador”, “Penal fallado, penal en contra”…
LOS 12 APÓSTOLES Y EL NAZARENO: A la oncena futbolera de los jugadores de cancha por cada equipo, una suerte de “apóstoles” de extraordinaria capacidad atlética, se suma el llamado “Jugador # 12”, el público, siempre devoto y fervoroso. También un nazareno o árbitro que, por sus decisiones arbitrarias, será crucificado sobre los palos de la sospecha y la incompetencia. Son, en total, 23 futbolistas sobre el empastado, más un nazareno y dos jueces de línea –con la ayuda o el perjuicio, aún no queda claro, del tecnológico VAR– quienes encaminarán el destino del mundo, sus fortunios e infortunios. Desde esta perspectiva, luego de un mundial de futbol o de un partido épico, los futbolistas, viles mortales imperfectos, pueden convertirse en héroes y semidioses. Ya Dios dirá.
RELIQUIAS: Son cada vez más los objetos simbólicos de jugadores santificados que atesoran los profesantes del futbol, sin omitir la influencia publicitaria y las más celestiales estrategias de la mercadotecnia: playeras con el número –y marca deportiva– del dios del futbol en turno, ya sea de una selección nacional o de un club local; el calzado o las zapatillas de juego calzadas alguna vez por estos santones del balompié; el suéter del arquero que atajó como un dios el gol más bello… pero que no fue; el balón con el que se anotó el penúltimo gol en la historia de la humanidad; las calcetas o medias utilizadas y sudadas por el futbolista con el que se sueña todas las noches, luego de rezarle con misticismo y ardor. Y, finalmente, el Santo Grial: la Copa Mundial FIFA –que, por cierto, nadie la puede tocar ni besuquear, solo la selección que resulte campeona–, antes llamada Jules Rimet en honor a su tercer y más longevo presidente; réplicas de este objeto de culto, son los cáliz o trofeos ganados con la fuerza de la fe y la esperanza en torneos nacionales, estatales, regionales, municipales, escolares o de barrio…
MILAGROS: Entre los hechos no explicables por las leyes naturales y que solo se comprenden mediante la intervención de la Divinidad, el futbol registra desde remontadas memorables o de alternativas en el marcador, como el “Partido del Siglo”, en el mundial México 70 entre Alemani e Italia –donde un káiser jugó dramáticamente al límite y con un cabestrillo–, y que hoy se ha multiplicado como los panes y los peces, en numerosas réplicas de sacrificio y orgullo futbolero, así como jugadas increíbles donde el hombre ya no es hombre y la realidad se torna en surrealismo, como lo fue un gol maradoniano imposible para el razonamiento humano, un cotejo entre Inglaterra y Argentina, solo explicable por la intervención de “La mano de Dios”… Sí, señor: Los milagros existen.
CANTOS: Toda ceremonia religiosa se acompaña de cánticos litúrgicos y música sacra para el regocigo de Dios y de los suyos. En el futbol, tal actividad inflama los pechos de los aficionados al entonar –adentro del estadio, convertido en coro de iglesia– su himno nacional o las rimas cantadas a todo pulmón para su club de toda la vida. Todo ello termina por ser un “Te Deum Laudamus” de versos beligerantes y música épica, un himno de de alabanzas y de acción de gracias hacia su glorificado equipo de futbol y hacia Dios.
Ya lo dijo el escritor mexicano Juan Villoro: “Dios es redondo”.
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