Elon Musk ha escrito una página insólita en la historia de la riqueza. El empresario sudafricano, fundador de Tesla y SpaceX, se convirtió este viernes en la primera persona en superar la barrera del billón de dólares de fortuna personal, un hito que llegó impulsado por la espectacular salida a bolsa de su empresa aeroespacial. Las acciones de SpaceX comenzaron a cotizar en el Nasdaq a 150 dólares, un 11% por encima del precio de salida, y no dejaron de subir durante la jornada. Al cierre, la compañía ya valía 2,2 billones de dólares. Musk, que posee aproximadamente el 42% del capital, vio cómo su patrimonio neto se disparaba hasta los 1,1 billones.
La cifra es tan colosal que cuesta dimensionarla. Si Musk gastara un millón de dólares cada día, necesitaría dos mil setecientos cuarenta años para agotar su fortuna. Con ella podría entregar cien dólares a cada habitante del planeta y aún así seguiría siendo una de las diez personas más ricas del mundo, con más de 184.000 millones de dólares restantes.
Pero quizás el dato más elocuente lo aporta Oxfam: el 46% más pobre de la humanidad, esto es, tres mil ochocientos millones de personas, posee en conjunto menos riqueza que la que acumula ahora un solo hombre.
La organización humanitaria, que ya había lanzado advertencias en los días previos, no escatimó calificativos. “Que un solo individuo alcance una fortuna de un billón de dólares es incompatible con una economía justa y con una democracia saludable”, declaró Nabil Ahmed, director sénior de Justicia Económica de Oxfam América.
“Este es un día oscuro para la democracia y un nuevo hito en el avance del poder de la oligarquía”, añadió. Oxfam lleva años denunciando cómo las reglas del sistema económico han sido manipuladas en beneficio de los superricos, y el caso de Musk, sostiene, es un ejemplo paradigmático.
Una quinta parte de los ingresos de SpaceX proceden de contratos con el gobierno federal de Estados Unidos, y durante su fugaz pero influyente paso al frente del Departamento de Eficiencia Gubernamental —conocido por sus siglas en inglés, DOGE—, Musk tuvo bajo su escrutinio agencias federales que, según la organización Public Citizen, presentaban en más de un 70% de los casos conflictos de interés directos con sus propios negocios.
La salida a bolsa de SpaceX no ha hecho sino magnificar estas tensiones. La OPV fue la mayor de la historia, con una recaudación de 75.000 millones de dólares, más del doble del récord anterior establecido por Saudi Aramco en 2019. La demanda superó con creces la oferta, con inversores minoristas solicitando más de 100.000 millones de dólares en acciones. Entre los beneficiarios de la operación figuran nombres que han alimentado las sospechas de una élite política y económica perfectamente entrelazada: Donald Trump Jr., Jared Isaacman —actual administrador de la NASA—, el inversor Peter Thiel y Marc Andreessen, el mayor donante individual hasta la fecha para las elecciones legislativas de medio mandato de 2026 en Estados Unidos. Musk, por su parte, celebró la jornada con una declaración que evocaba sus orígenes: “Cuando fundé SpaceX, le di a la empresa un diez por ciento de probabilidades de éxito”.
Dos décadas después, esa empresa vale más que la economía de países enteros como España o Australia.
La reacción política no se hizo esperar. La senadora demócrata Elizabeth Warren, una de las voces más críticas con la concentración de riqueza en Estados Unidos, subió a sus redes sociales un mensaje tan directo como demoledor: “Una familia estadounidense típica tendría que trabajar más de once millones de años para alcanzar el nivel de riqueza de Elon Musk”.
Warren ha impulsado en repetidas ocasiones la creación de un impuesto a las grandes fortunas, una medida que sigue encontrando fuertes resistencias en un Congreso donde la influencia del dinero privado es, paradójicamente, una de las principales barreras para regularlo.
Musk, mientras tanto, mira ya más allá de la Tierra. En su comparecencia posterior a la campanada del Nasdaq, aseguró que su atención se centra ahora en los planes de SpaceX para llevar seres humanos a Marte antes de 2030.
El anuncio fue recibido con entusiasmo por los inversores. Oxfam, en cambio, prefiere poner el foco en otro horizonte, mucho menos prometedor: el que dibuja un mundo donde un puñado de billonarios decide las reglas del juego mientras los recortes de ayuda al desarrollo —como los impulsados por el propio Musk desde el DOGE— pueden provocar, según los cálculos de la organización, que un niño menor de cinco años muera cada cuarenta segundos de aquí a 2030 como consecuencia de la reducción de fondos de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional.
La era del primer trillonario acaba de comenzar. Para sus críticos, no es un hito del capitalismo, sino su síntoma más alarmante. Para Musk, probablemente, solo un punto de partida.
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Centro de Inteligencia Estratégica | Romero Barrios Consultores
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