Por: Alejandro Romero Barrios*
Cuando el almirante Raymundo Morales Ángeles designó a Omar García Harfuch como padrino de la generación 2022-2026 de la Heroica Escuela Naval Militar, no estaba cumpliendo un trámite ceremonial. Estaba haciendo, en el lenguaje que las instituciones de seguridad mexicanas usan para hablar entre sí sin hablar directamente, un movimiento de ajedrez. Y como todo movimiento de ajedrez bien jugado, su valor no está en la pieza que se mueve, sino en lo que revela sobre el tablero completo.
El gesto no ocurre en el vacío. Existe un historial documentado de coordinación operativa entre SEMAR y la SSPC —presentaciones conjuntas de estrategia en estados costeros y fronterizos, reuniones bilaterales con gobernadores, despliegues compartidos— que la Armada, con su perfil históricamente más técnico y menos territorialmente político que el Ejército, ha sabido capitalizar mejor que nadie. El padrinazgo formaliza en público lo que ya era cierto en privado: un eje operativo preferente entre Marina y el titular de la seguridad civil.
Lo que hace que este gesto sea noticia, y no solo protocolo, es lo que no ocurrió en el espejo: la Secretaría de la Defensa Nacional, bajo el general Ricardo Trevilla Trejo, no ha emitido un gesto equivalente en sus propias ceremonias de graduación recientes. Esa ausencia, en un ecosistema institucional donde los símbolos pesan tanto como los resultados, no es un accidente de agenda. Es una señal — y las señales, a diferencia de los comunicados, no se pueden desmentir sin generar más ruido del que resuelven.
La fricción de fondo
Detrás de esta asimetría hay algo más que estilo institucional. 2025 dejó un historial público —reportado por medios especializados y confirmado por al menos un episodio que requirió la intervención directa de la presidenta Sheinbaum— de tensiones entre Trevilla y Harfuch en torno al control de la inteligencia nacional, la atribución de resultados operativos y el peso relativo de la Guardia Nacional dentro de la cadena de mando. El apodo informal que circula en ciertos círculos sobre Harfuch —»el señor de la noche»— sea cual sea el tono con el que se use, condensa exactamente la tensión de fondo: un operador de perfil policial-inteligencia, altamente personalizado en la opinión pública, frente al mando territorial tradicional que el Ejército todavía encarna.
Ninguno de estos elementos, por separado, constituye una ruptura. Ambos actores comparten Gabinete, comparten operativos, comparten fotografías oficiales. Lo que existe es más sutil y, por eso mismo, más difícil de gestionar: una relación de temperatura más fría, de contención mutua de espacios, que hasta ahora se ha mantenido en el terreno de «culturas institucionales distintas» y no en el de «narrativa de dos bandos». Esa distinción —entre diferencia cultural y fractura narrativa— es, en términos de reputación, la única que realmente importa.
Sin embargo, la intervención de Sheinbaum no ha sido un gesto de ‘apaga fuegos’ reactivo, sino parte de una estrategia deliberada de mediación que ha institucionalizado al Gabinete de Seguridad como un espacio de decisión ejecutiva y coordinación permanente. La Presidenta ha hecho de la unidad visible del gabinete una política explícita, reconociendo públicamente a cada uno de los tres titulares con el mismo énfasis y evitando que el mérito operativo se personalice en una sola figura. Este arbitraje activo ha logrado contener las diferencias culturales entre Marina y Ejército en el terreno de la coordinación operativa, evitando que se conviertan en narrativa pública de fractura.
Hacia dónde va esto
En el horizonte de doce a veinticuatro meses, el eje Morales-Harfuch tiene todos los incentivos para profundizarse: la Marina aporta capacidad naval, portuaria y de inteligencia marítima; Harfuch aporta liderazgo político-civil, relación con gobernadores y, de manera cada vez más relevante, la interlocución con Estados Unidos en materia de seguridad. Es una combinación de alta utilidad operativa y mediática, y ese tipo de combinaciones rara vez se abandonan una vez que empiezan a rendir frutos.
La pregunta que de verdad importa no es si existe aislamiento entre Harfuch y Trevilla —no lo hay, en el sentido literal—, sino si la asimetría de gestos simbólicos que hoy es apenas perceptible para observadores atentos se estabiliza como diferencia manejable o se profundiza hasta convertirse en relato público de división. El Gabinete de Seguridad puede sostener esa asimetría indefinidamente mientras la presidenta mantenga un arbitraje activo. El riesgo aparece en el momento —y todo Gabinete de Seguridad, tarde o temprano, llega a ese momento— en que ese arbitraje se debilita o se vuelve visible como arbitraje, porque cada vez que la Presidencia tiene que salir públicamente a «apagar fuegos» internos, confirma ante la opinión pública exactamente lo que se estaba intentando negar.
Mapa de riesgo por actor
| Actor | Riesgo principal | Severidad | Probabilidad |
|---|---|---|---|
| Omar García Harfuch | Narrativa de «civil que subordina a las Fuerzas Armadas»; sobreexposición mediática que personaliza cualquier roce futuro | Alto | Media-alta |
| Almirante Morales (SEMAR) | Percepción de alineamiento excesivo con el poder civil; desgaste por asociación si la relación Harfuch-Trevilla se tensa | Medio | Media |
| General Trevilla (SEDENA) | Imagen de aislamiento o resistencia institucional por ausencia de gestos simétricos | Medio-alto | Media |
| Gabinete de Seguridad / Presidencia | Consolidación de narrativa de «dos bandos»; necesidad recurrente de arbitraje presidencial visible | Alto | Media |
El factor que más agrava el cuadro es también el más obvio: la alta personalización de Harfuch en la conversación pública lo convierte en el punto donde cualquier fricción institucional se vuelve, automáticamente, fricción personal. El factor que más lo mitiga es igual de claro: mientras exista disciplina de mensaje y arbitraje presidencial visible, la diferencia cultural entre Marina y Ejército no tiene por qué convertirse en fractura.
La recomendación, en una frase
No se trata de negar que existen diferencias reales entre SEMAR y SEDENA —negarlas sería tan poco creíble como amplificarlas—. Se trata de que ninguna de las tres instituciones deje que el lenguaje de «coordinación total» se sostenga solo en comunicados, mientras los gestos —padrinazgos, presencias, reconocimientos cruzados— cuentan una historia distinta.
Harfuch necesita moderar su propia personalización y acompañar cada gesto simbólico con reconocimiento explícito al Ejército.
Morales necesita mostrar cercanía con Harfuch sin proyectar exclusividad.
Trevilla necesita entender que la autonomía institucional, para comunicarse bien, requiere gestos proactivos y no solo presencia protocolaria — la fortaleza que no se comunica se lee, por default, como distancia. Y la Presidencia necesita seguir arbitrando con la disciplina suficiente para que ese arbitraje nunca tenga que volverse noticia.
Por qué esto importa más de lo que parece
Las instituciones de seguridad no comunican con palabras primero: comunican con quién invitan, a quién nombran padrino, a quién no. Ese lenguaje es más lento que un boletín de prensa, pero también más difícil de desmentir, porque no se puede aclarar en un comunicado lo que ya se dijo con una ausencia. Por eso el verdadero indicador a vigilar en los próximos meses no es si Harfuch y Trevilla protagonizan un choque público —es improbable, y ambos lo saben—, sino algo más silencioso: si SEDENA responde este gesto con uno propio, o si deja que la asimetría se acumule sin corregirla. Las instituciones, igual que las personas, rara vez anuncian que se están distanciando. Simplemente dejan de hacer el gesto que se esperaba de ellas — y en seguridad nacional, ese silencio, sostenido el tiempo suficiente, es la señal más elocuente de todas.
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*Alejandro Romero Barrios es Director General de Dossier Informativo MX. Especialista en análisis político, gestión de reputación institucional y estrategia de comunicación de alto nivel.
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