Hay una trampa narrativa en la que México lleva semanas cayendo con entusiasmo, y conviene nombrarla antes de que se vuelva costosa. El 16 de marzo, el secretario Marcelo Ebrard viajó a Washington con un mensaje aprobado por la presidenta Sheinbaum: “Cabeza fría y firmeza nos guiarán.”.
La frase fue diseñada para consumo doméstico —y funcionó. Ebrard regresó con el relato de una reunión “muy interesante, muy cordial”, declaró que México iba “adelantado” en los tiempos y habló de “buenas señales”.La prensa mexicana amplificó el tono optimista.
La primera ronda fue, en términos de comunicación política hacia adentro, un éxito razonable.
El problema es que la negociación no ocurre hacia adentro. Ocurre frente a una contraparte que construye su propia narrativa con objetivos distintos y sin ninguna obligación de reciprocidad.
Desde Washington, el texto oficial tras la misma reunión describió un proceso que “obliga a replantear la arquitectura” del tratado en áreas sensibles: reglas de origen, minerales críticos y “alineación de política comercial frente a terceros países”.
Esa última frase es el eufemismo diplomático para una sola cosa: China. Mientras México narraba una primera ronda exitosa de presentación de “visiones generales”, Estados Unidos describía el inicio de una presión de fondo sobre el modelo de desarrollo mexicano. Dos países. Una mesa. Dos relatos incompatibles. Eso no es un matiz de comunicación. Es el campo de batalla real.

El primer error estratégico: vender el proceso como resultado La American Chamber —que agrupa a unas 1.400 empresas estadounidenses con cerca del 85% de la inversión privada de Estados Unidos en México— declaró que la relación entre Trump y Sheinbaum los tiene “en paz” y que se trata de una relación que “no refleja” el discurso público de ninguno de los dos mandatarios. Es un dato revelador: los actores con mayor exposición real a los resultados de la negociación están leyendo la relación bilateral en clave pragmática, no en clave del relato oficial. Saben que el discurso público de ambos lados está calibrado para sus respectivos electorados, y que la negociación real ocurre en otra frecuencia.
El riesgo para Sheinbaum es haber comprometido demasiado capital narrativo en la primera ronda.
Cuando Ebrard dice “estamos adelantados” y la prensa lo convierte en titular, se fija un estándar de éxito que la segunda ronda tendrá que cumplir o superar. En negociaciones complejas y asimétricas, eso es una trampa: cuanto más alto el optimismo inicial, más costosa la corrección cuando lleguen las fricciones reales. El propio Ebrard lo admitió en letra pequeña: “No va a ser necesariamente ‘miel sobre hojuelas’, porque tenemos diferentes visiones”. Esa frase debería haber sido el titular, no la nota al pie.

La beta que nadie está cruzando: ener-gía como moneda de presión, no como tema técnico
Greer ha sido explícito en señalar que empresas chinas utilizan a México como una “puerta trasera” para entrar al mercado estadounidense.

Solo Opiniones
Pero hay una segunda presión que la cobertura mexicana está tratando como asunto técnico cuando en realidad es político: la política energética. Bajo la Estrategia de Seguridad Nacional de Washington 2026, Estados Unidos identifica sectores de infraestructura, salud y energía de México como potenciales “barreras comerciales” Intelimedios, lo que significa que el modelo de soberanía energética que Sheinbaum defiende como pilar identitario de la 4T está en la mesa de negociación aunque ninguno de los dos lados lo llame así públicamente.
Aquí reside la tensión de comunicación más delicada del sexenio: Sheinbaum no puede ceder en energía sin erosionar su base ideológica interna; pero tampoco puede llevar la negociación energética al espacio público sin alertar a Washington de que ese es el punto de resistencia máxima, lo que convertiría ese flanco en el más presionado. La solución que el gobierno ha elegido —mantener el tema en silencio técnico mientras negocia— es comprensible tácticamente, pero crea un problema de comunicación hacia adentro: el ciudadano mexicano no está siendo preparado para un eventual resultado en el que la política energética tenga que hacer concesiones. Si eso ocurre, la sorpresa será el daño reputacional, no la concesión en sí.
El segundo error: confundir la narrativa bilateral con la narrativa doméstica
El especialista Juan Carlos Baker ha advertido que México necesita “señales políticas, trabajo técnico, certidumbre regulatoria y jurídica, además de una comunicación clara y coordinada hacia el interior”. La segunda parte de esa frase es la que el gobierno Sheinbaum está descuidando. La narrativa del T-MEC hacia adentro está siendo gestionada como relato de éxito diplomático, cuando debería estar siendo gestionada como pedagogía de riesgo.
Un gobierno que informa a su ciudadanía que la negociación “va bien” sin explicar qué puede salir mal, qué concesiones son posibles y en qué líneas rojas no habrá movimiento, no está construyendo capital político de reserva: está consumiendo el que ya tiene. Cuando la negociación muestre sus aristas —y las mostrará, porque la cláusula sunset, las reglas de origen automotrices y la variable China son genuinamente difíciles— la distancia entre el relato oficial de hoy y la realidad de entonces será el costo reputacional que Sheinbaum pagará.

¿Qué se recomienda a méxico?
La fortaleza real de México en esta negociación no está en el optimismo de Ebrard. Está en un dato que los mercados ya conocen pero que el gobierno no está comunicando con suficiente potencia: en 2025, el valor del intercambio comercial entre México y Estados Unidos superó los 870 mil millones de dólares, con México consolidado como el principal proveedor de bienes al mercado estadounidense, por encima de China. Ese número es el mejor argumento negociador de México, y debería ser el centro de la narrativa, no el tono “cordial” de una primera reunión.
La segunda recomendación es más incómoda: preparar a la opinión pública mexicana para que un resultado menos que perfecto en julio no sea leído como fracaso presidencial. Eso requiere gestionar las expectativas ahora, cuando todavía hay margen. En las negociaciones comerciales, como en la política, el relato que se instala en la primera ronda es el que define el estándar con el que se juzga el desenlace.
México ganó la primera ronda en imagen. Eso es real. Pero las negociaciones del T-MEC no se ganan en marzo. Se ganan o se pierden el primero de julio. Y el camino entre ambas fechas está lleno de fricciones que el optimismo oficial todavía no ha empezado a administrar..

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