Texto: CENTRO DE INTELIGENCIA ESTRATÉGICA*
El domingo 14 de diciembre de 2025, José Antonio Kast arrasó en las elecciones presidenciales de Chile con 58.2% de los votos —según datos oficiales del SERVEL—, convirtiendo al país andino en la última pieza del rompecabezas conservador radical que redibuja el mapa político latinoamericano. No fue ajustado. No fue sorpresivo. Fue categórico. Y eso debería ocuparnos más que la victoria misma.
Kast —católico devoto, padre de nueve hijos, admirador público de Augusto Pinochet— derrotó a la comunista Jeannette Jara en las 16 regiones del país, incluidos bastiones históricos de izquierda como Valparaíso y la Región Metropolitana. Es el primer político abiertamente identificado con el legado pinochetista en llegar a La Moneda desde el retorno a la democracia en 1990.
La campaña giró obsesivamente sobre dos ejes: seguridad y migración. Kast prometió expulsiones masivas de indocumentados, tipificar la migración irregular como delito y construir cárceles de máxima seguridad con aislamiento total para líderes narcos. Su discurso de victoria fue revelador: “Ganó la esperanza de vivir sin miedo. Chile volverá a ser libre del crimen, libre de la angustia, libre del temor“. No mencionó educación, salud o empleo. No era necesario. El miedo vende. Y en Chile, como en todo el continente, está vendiendo muy bien.
LA MANO INVISIBLE SE VUELVE VISIBLE
Pero Kast no ganó solo. Tiene amigos poderosos. Javier Milei de Argentina fue el primero en felicitarlo: “Enorme alegría por el aplastante triunfo de mi amigo. Un paso más de nuestra región en defensa de la vida, la libertad y la propiedad privada“. Marco Rubio, celebró desde Washington en una declaración oficial emitida por el Departamento de Estado: “Bajo su liderazgo, confiamos en que Chile avanzará en prioridades compartidas como el fortalecimiento de la seguridad pública, el fin de la inmigración ilegal y la revitalización de nuestra relación comercial“.
El mensaje es claro: hay un proyecto regional en marcha. Y tiene epicentro en Mar-a-Lago.
Donald Trump no solo observa lo que pasa en América Latina. Lo orquesta. El subsecretario de Estado Christopher Landau había declarado semanas antes que Washington “esperaba mejorar la relación bilateral ante un posible cambio de color político“ en Chile, dejando muy claro que la administración Trump distingue entre gobiernos “amigos“ y gobiernos “problemáticos“ según su ideología.
Esto no es diplomacia tradicional.
Es intervencionismo del siglo XXI: sin tanques, sin golpes de Estado, solo respaldo político explícito, amenazas comerciales a gobiernos progresistas y celebración pública cuando “los correctos“ ganan. Trump amenaza con aranceles a México, bombardea “narcolanchas“ en el Caribe sin pruebas concluyentes y felicita efusivamente a Kast. El patrón es demasiado evidente para ignorarlo.
EL CONTINENTE EN LLAMAS (AZULES)
Con Kast, la ultraderecha consolida un bloque continental sin precedentes. Argentina tiene a Milei y su “motosierra“ libertaria. Perú gira hacia el conservadurismo autoritario tras la caída de Castillo. Bolivia se desestabiliza. Ecuador abraza políticas de “mano dura“ bajo Daniel Noboa. Paraguay, con Santiago Peña, ya estaba en el campo conservador. Y ahora Chile, históricamente modelo de alternancias democráticas, se suma con el mandato más contundente para la derecha en 35 años.
Como señaló el académico del Instituto de Estudios Internacionales de la Universidad de Chile, Gilberto Aranda, para la Agencia EFE: “Excepto Brasil, que es casi la mitad de Sudamérica, el resto de los países hispanoparlantes está apostando por gobiernos entre hiperconservadores y de derechas radicales“.
¿Por qué? La respuesta es incómodamente simple: inseguridad percibida. Chile, con una tasa de homicidios de 6 por cada 100.000 habitantes, sigue siendo uno de los países más seguros del continente. Pero los chilenos no se sienten seguros. Y cuando la percepción diverge de la estadística, la percepción siempre gana.
Explicó Carlos Malamud del Real Instituto Elcano para la misma agencia de noticias: “La gente vota pensando en soluciones inmediatas a su problema“. Y la ultraderecha ofrece algo que la izquierda progresista aparentemente no puede: la ilusión de control. Prometen cárceles, deportaciones, militarización. Prometen “volver a ser libres del miedo“. No importa si funciona. Importa que suene definitivo.
LA RESPUESTA MEXICANA: SHEIN-BAUM Y LA EXCEPCIÓN
Mientras el continente vira hacia la derecha radical, México parece inmune. Al menos por ahora. La presidenta Claudia Sheinbaum, enfrentando las mismas presiones de Trump que otros líderes progresistas, ha mantenido una postura de firmeza diplomática que contrasta con el pánico de algunos vecinos.
Cuando Trump amenazó con ataques militares contra cárteles en suelo mexicano, Sheinbaum respondió con tres puntos cristalinos: “Eso no se va a dar porque no es necesario, primero. Segundo, porque somos un país soberano y nunca aceptaríamos una intervención extranjera. Y tercero, porque ya tenemos un entendimiento con Estados Unidos en materia de seguridad“.
Sobre la ultraderecha doméstica que pide “mano dura“ estilo Kast, Sheinbaum ha sido igual de directa: “No conocen la historia de México“. Durante el aniversario de la Revolución Mexicana, la presidenta contrastó explícitamente el legado de Lázaro Cárdenas con el de Porfirio Díaz, dejando claro que México no caerá en la trampa del autoritarismo disfrazado de orden.
La estrategia de Sheinbaum ha sido notable: respeto formal a Trump como mandatario, pero rechazo categórico a sus exigencias inaceptables. Cuando Trump sugirió cambiar el nombre del Golfo de México, ella respondió mostrando un mapa del suroeste estadounidense: “¿Por qué no lo llamamos ‹América mexicana›? Suena bien, ¿verdad?“.
Es diplomacia con columna vertebral.
Y hasta ahora, funciona. México negoció una “pausa“ de un mes en aranceles cuando otros países cedieron inmediatamente. Mantiene su política migratoria humanitaria mientras coopera en seguridad sin subordinarse. Y los números de Omar García Harfuch —37% de reducción en homicidios (septiembre de 2024 y noviembre de 2025 )— le dan a Sheinbaum respaldo político que Boric en Chile o Petro en Colombia no tuvieron.
La apuesta de Sheinbaum es que México puede resistir la ola ultra-derechista siendo efectivo en seguridad sin ser autoritario, siendo soberano sin ser hostil, siendo progresista sin ser ingenuo. Es una apuesta audaz. Y el continente la observa con una mezcla de escepticismo y esperanza.
Tres Betas Informativas para Lectores Atentos
Beta 1: El calendario electoral 2026-2027 será decisivo.
Brasil tendrá elecciones en 2026. Si Bolsonaro logra anular su inhabilitación y regresar, o si otro líder ultraderechista gana, el bloque conservador será abrumadoramente dominante. La inhabilitación de Bolsonaro o su inelegibilidad hasta 2030 por el caso de abuso de poder, en 2026 intentaran su revocación, aunque analistas mencionan que es improbable. Es una especulación política válida.
México también enfrentará elecciones intermedias en 2027 y la oposición panista ya estudia replicar el modelo Kast: seguridad, migración, “recuperar el orden“. Si la estrategia de Sheinbaum y García Harfuch no reduce la percepción de inseguridad para entonces, Morena podría ser vulnerable.
Beta 2: El modelo económico de la ultraderecha latinoamericana es insos-tenible.
Milei en Argentina promete prosperidad con “ajuste libertario“. Kast promete “reimpulsar el progreso económico“; sin embargo, ambos países enfrentan inflación, desempleo y desigualdad creciente. Chile ya tiene una economía que “avanza con dificultad“, según Euronews. Kast prometió recortar gasto público, reducir impuestos corporativos y desburocratizar para reactivar el crecimiento. Si los votantes descubren que votaron por seguridad y obtuvieron pobreza, la siguiente elección podría ser otro péndulo. América Latina es experta en péndulos.
Beta 3: La “doctrina Trump“para América Latina está cristalizando.
No es solo retórica. Es acción coordinada: respaldo a aliados ultra-conservadores, presión comercial a gobiernos progresistas, bombardeos “antinarcóticos“sin rendir cuentas y migración convertida en arma de negociación. Landau, Rubio y el propio Trump lo dicen abiertamente, el hemisferio occidental será dividido entre “aliados“ que acepten subordinación y “adversarios“ que insistan en soberanía.
México, bajo Sheinbaum, parece decidido a caminar la cuerda floja de ser cooperativo sin ser subordinado. Otros no tienen ese margen de maniobra.
La pregunta que nadie quiere responder
La victoria de Kast, como la de Milei, como la de cada líder ultraconservador que asciende con promesas de orden y expulsiones masivas, plantea una pregunta que la izquierda latino-americana se niega a confrontar: ¿Por qué la gente vota así?
La respuesta fácil es culpar a Trump, a la manipulación mediática, a la “falsa conciencia“. Pero eso es condescendiente y estratégicamente suicida. La gente vota por Kast porque Boric no redujo el crimen percibido. Votaría contra Sheinbaum si su gobierno no entrega resultados. Votará por quien prometa que sus hijos llegarán a casa sanos.
El progresismo latinoamericano tiene una ventana cada vez más estrecha para demostrar que puede gobernar efectivamente sin militarizar, que puede combatir el crimen sin violar derechos, que puede ser humanitario con migrantes sin ser ingenuo con criminales. Si falla, la ultraderecha no solo ganará Chile y Argentina. Ganará el continente entero.
Y entonces descubriremos, demasiado tarde, que “el orden“ que prometieron vino con un precio que nadie preguntó: la libertad que afirmaban defender.
Kast asume en marzo de 2026. Tiene cuatro años para demostrar que su modelo funciona. O para que Chile redescubra, una vez más, porque el autoritarismo nunca ha sido la respuesta.
América Latina ya recorrió ese camino en los 70 y 80. Muchos creye-ron que lo habíamos superado.
Aparentemente, cada generación necesita aprender la lección por sí misma. La historia se vuelve a repetir, ¿será que no la conocemos?
ACTUALIZACIÓN
La presidenta Claudia Sheinbaum abordó el triunfo de José Antonio Kast en Chile durante su conferencia matutina del 16 de diciembre de 2025. Reconoció la victoria democrática de Kast, pero cuestionó su reivindicación del dictador Augusto Pinochet, señalando que “llama la atención” su reconocimiento a un régimen autoritario.
Sheinbaum afirmó que “no se puede reivindicar, desde mi perspectiva, a regímenes autoritarios”, que se caracterizan por el asesinato, la desaparición y la represión de quienes piensan distinto. Recordó el golpe de Estado en Chile en 1973 contra el presidente electo democráticamente, Salvador Allende y las violaciones a los derechos humanos durante la dictadura, como los detenidos en estadios.
Aunque felicitó a Kast y expresó disposición al diálogo, enfatizó que en México hay democracia plena, sin censura ni persecución, y llamó a una reflexión para los movimientos progresistas sobre el auge de la ultraderecha en América Latina.
*CENTRO DE
INTELIGENCIA
ESTRATÉGICA








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